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INTRO
A blank sheet in front of you. You try to translate sensations, odours, loves, pauses and breaths into words. And then those same words create a new life, different from the one you wanted to translate. Writing is the Chinese box of living. Worlds made from words. Words from life. Life and new worlds from words.
You read words that others have written and the time- and space-machine starts moving. I hear from a distance children squealing. Under my bare feet, I feel the warmth — soft and dry — of the desert sand. I fill my eyes with the reflected light of a winter sunset — drowsy and clear. I am envious of today’s fictitious heroine, so feminine, so strong, so beautiful, so real!
I was already born. At that time words were who-knows-where. Who knows where my words were before being mine. Anyway, I was born and they were somewhere else. Then, one day — I was little — they popped into my head, they sprouted and bloomed in my head who knows from where and I started to care for them, to cherish them, to look for them in books, in my head, on blank paper and I started to translate life into words. It was then (Was it really then? Who does really know the precise moment when the pure enjoyment of something, someone turns into love?) it was then, I was saying, that it became clear (but the truest truth, different from the memorable and captivating truth one experiences through words, is that everything became clear much later!), it became clear that there was no way out. It was ineluctable. Unavoidable. Like a disease at its final stage, like the phases of the moon or a cold when the weather changes. My ♥ for words.
PALABRAS
Te sientas en frente de una hoja blanca e intentas traducir las sensaciones, los olores, los amores, las pausas y los alientos en palabras. Y las palabras, luego, crean una nueva vida, diferente de la que se quería traducir. El escribir es la caja china del vivir. Mundos generados por mundos. Palabras por la vida. Vida y mundos nuevos por las palabras.
Lees palabras escritas por otros y la máquina del tiempo y del espacio se enciende. Oigo, de lejos, gritos de niños; siento bajo de mis pies descalzos el calor suave y seco de la arena del desierto; me lleno los ojos de la luz refleja de una puesta del sol invernal somnolienta y cristalina; y envidio la heroína papelera de turno, tan femenina, tan fuerte, tan hermosa, ¡tan verdadera!
Yo había ya nacido. En aquel tiempo las palabras estaban quién-sabe-dónde. Quién sabe dónde estaban “mis” palabras antes que fueran mías. De cualquier manera, yo había nacido y ellas estaban en otro lugar. Pues, un día — era pequeña — se me asomaron en la cabeza, me brotaron y me florecieron en la cabeza no-sé-de-dónde y empecé a cuidarlas, a valorarlas, a buscarlas, en los libros, en mi cabeza, en las hojas blancas y empecé a traducir la vida en palabras. Fue entonces (¿pero ha sido de verdad entonces?  ¿Quién puede decirlo en qué preciso instante el puro placer de algo, de alguien se vuelve en amor?)  Fue entonces, decía, que se me quedó claro (la verdad verdadera – diferente de la memorable y cautivante que se vive en las palabras – es que todo se quedó claro mucho tiempo después) se me quedó claro que no tenía escape. Era ineluctable. Inevitable. Como una enfermedad en su estadio terminal, como las fases de la luna y como los resfriados al cambio de estación. Mi amor por las palabras.